La Batalla diplomática por el Sáhara Occidental en Europa: Marruecos pierde posiciones

La Unión Europea es un elemento clave en el conflicto; el sillón de Francia en el Consejo de Seguridad de la ONU, el papel de España como potencia administradora de iure, o la influencia mundial que juega el club comunitario ha convertido este espacio en uno de los escenarios de batalla diplomática prioritarios para ambas partes.

El conflicto del Sáhara Occidental es multidisciplinar, la guerra que sucedió a la ocupación marroquí (1975-1991) se ha desarrollado paralelamente a una constante batalla diplomática en ocasiones más dura y de consecuencias más dañinas que en el campo militar. Esta contienda diplomática, al contrario que la armada, no ha atendido a treguas ni alto el fuego ninguno. En estos más de 40 años de conflicto las engrasadas estructuras diplomáticas marroquí y saharaui han pugnado de manera ininterrumpida en todas las esferas internacionales, bien de manera directa o indirecta a través de sus respectivos aliados.

Entre lobbies e Intergrupos

Marruecos, consciente del beneficio de mantener el estatus actual, pues de facto controla el territorio y explota sus riquezas, basa su estrategia diplomática en torpedear todo intento de referéndum y erosionar la proyección internacional de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Este segundo aspecto complementa el primero, pues acallar la presión de la comunidad internacional sobre su ocupación deja un horizonte despejado a Mohamed VI.

La monarquía alauí siempre ha contado con el respaldo cerrado de Francia, que tiene en Marruecos su principal foco de influencia de África, lo que ha propiciado una complicidad mutua en política internacional. Francia, tanto con gobiernos socialdemócratas, republicanos o liberales, ha vetado en el Consejo de Seguridad de la ONU todas las iniciativas contrarias a los intereses de su socio, destacando el veto que, en 2013, prohibió que la MINURSO monitorease las violaciones de DDHH en el territorio.

El otro actor clave europeo, España, evade asumir responsabilidades internacionales para con su excolonia y afronta el conflicto del Sáhara como si de un tercer Estado se tratase. Las conflictivas relaciones con el vecino Marruecos, que controla el flujo de migrantes y narcotráfico hacia la Península Ibérica y Canarias como método de presión, están en gran medida detrás de esta tibia posición.

No obstante, el resto de los países europeos no se han mostrado claramente alineados con Rabat; y es que en el club comunitario se aboga mayoritariamente por “una solución justa, duradera y mutuamente aceptable”, eufemismo empleado por estos países para justificar su perfil bajo en el conflicto. Sin duda el no alineamiento con Marruecos no beneficia a la RASD, que sigue sin ser reconocida como Estado por ningún país miembro de la UE.

En la UE, Marruecos ha combinado la diplomacia ordinaria con nuevos y sofisticados métodos de presión e influencia. El Sáhara Occidental es “la prioridad” de la política exterior del país y de su cuerpo diplomático, que presiona en lo político a las administraciones, al tiempo que ofrece excelentes contratos económicos para la explotación de recursos naturales en territorios ocupados.

Marruecos amenaza y presiona a los países de la Unión de diversas formas. En 2016 negó el permiso a Ikea para abrir una tienda en Casablanca y declaró el boicot generalizado a los productos suecos por la decisión del Parlamento escandinavo de reconocer a la RASD, algo que finalmente no ocurrió. En 2016, el Gobierno marroquí suspendió oficialmente todas las relaciones con la UE tras la sentencia del Tribunal de Justicia Europeo, que anuló el acuerdo agrícola entre ambas partes por explotar tierras del Sáhara ocupado. Poco después, las relaciones se restablecieron.

Aunque sin duda el caso más sonado ha sido la suspensión de “todo contacto” con la embajada de Alemania en Rabat, una decisión tomada y comunicada por el propio Ministro de Exteriores marroquí, Nasser Bourita, que afecta a “todos los ministerios y organismos”. La nota fue filtrada a la prensa y desató una fuerte polémica en Alemania, que llamó a consultas al embajador alauita en el país. Con esta jugada diplomática, tomada en marzo de 2021, Marruecos pretendía castigar la “hostilidad inusual de Alemania en asuntos fundamentales para el Reino”, en palabras del propio Bourita. Esas discrepancias no serían otras que el rechazo a abrir un consulado en territorios ocupados y mantener una postura en favor de una “solución mutuamente aceptable que contemple el derecho a la autodeterminación reconocido por la ONU”, tal y como expone la prensa alemana.

También recientemente, a inicios de 2020, Mohamed VI presentó una fuerte queja diplomática después de una reunión entre la Ministra de Asuntos Sociales y Mujer de la RASD, Suelma Beiruk, con el Secretario de Estado español de Derechos Sociales, Nacho Álvarez. Un encuentro “técnico” donde se habló de cooperación en materia de discapacidad y que generó una grave crisis diplomática, según afirmaron fuentes del Ministerio de Asuntos Exteriores español, quienes se precipitaron a tranquilizar a Marruecos.

A ello se suman la migración y el narcotráfico, dos elementos que Marruecos controla con mano de hierro y cuyo flujo hacia Europa oscila en función del escenario político; la geografía lo facilita. Así, en momentos señalados el reino alauita permite el tráfico como método de presión hacia países europeos. Una táctica muy eficaz que también usó Turquía tras la crisis de migrantes del 2016, cuando se convirtió en un Estado tapón con capacidad de amenazar a la UE con abrir y cerrar sus hacinadas fronteras. Desde la vuelta a la guerra en el Sáhara Occidental, la llegada de migrantes a costas canarias (partiendo de las ciudades del Sáhara ocupado) se ha multiplicado en casi un 700% respecto al año 2019, según el Ministerio de Interior español, habiéndose convertido ya en la ruta más mortífera de todas las existentes para tratar de entrar en la UE, con cerca de 3.000 personas fallecidas en menos de seis meses.

Además, Marruecos es el mayor productor de resina de cannabis del mundo y mantiene la primera plaza como país exportador de la droga a la UE. En 2017 un informe de New Frontier Data Foundation aseguraba que “España recibe enormes cantidades de resina de cannabis procedentes de Marruecos, lo que representa el 72% del total incautado en la UE en 2017”. Estos datos eran ratificados por el último Informe sobre los mercados de drogas en la UE realizado por EUROPOL y el Observatorio Europeo de las drogas, que señalaba el flujo procedente de Marruecos como el más amplio e importante, llegando la sustancia del país incluso a las latitudes más lejanas: centro Europa, repúblicas bálticas e incluso países escandinavos.

A este factor se agrega la inteligente política económica marroquí, quien también a través de su cuerpo diplomático ofrece contratos económicos ventajosos a gobiernos, empresas y multinacionales europeas para hacer negocio en territorios ocupados. Como ejemplo destaca Siemens, Gamesa, Abengoa, Deutsche Bank, Enel Green Power y hasta 30 grandes empresas comunitarias que se benefician de las facilidades otorgadas por marruecos.

La explotación del sector energético -construcción de parques eólicos y fotovoltaicos-, la de fosfatos -extracción y distribución-, de la construcción -por las inmensas necesidades logística del territorio- o la pesca son tremendamente rentables y uno de los principales argumentos esgrimidos por Marruecos para que Europa reconozca su soberanía sobre el Sáhara.

En el caso de la pesca, sin duda alguna, los ricos caladeros saharauis son la opción más barata y cercana de exportar pescado a Europa. Los distintos acuerdos de pesca suscritos entre la UE y Marruecos han sido declarados ilegales por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE), al explotar recursos naturales de un territorio pendiente de descolonización, algo que no ha parecido importar a Europa, que ha recurrido en todas las instancias posibles, junto con Marruecos, para continuar con la pesca en la zona.

Paralelamente a ese trabajo político y económico, desarrollado por las Embajadas y Consulados, Marruecos destina importantes sumas de dinero para la creación de think tanks y de lobbies. Una práctica que realiza en todo el mundo. En EEUU es el 17º mayor donante de think tanks del país (por delante de Francia, otros países europeos y varias multinacionales). En Europa este trabajo lobbista ha cobrado mayor visibilidad desde el reinicio de la guerra: presencia en medios de comunicación, reuniones con exautoridades o agasajos a gobiernos de distintos niveles.

No obstante, las múltiples vías de presión y trabajo marroquíes no han reportado los resultados esperados. Su principal lobby en Europa, la Fundación EuroMedA, con la que mantenía actividad en el Parlamento Europeo, ya no figura en el Registro Europeo de Representantes de Interés Especial, tal y como reveló el portal francés AfricaIntelligente. La organización contaba con influyentes políticos europeos que se complementaba con un grupo informal de amistad UE-Marruecos presidido por el eurodiputado galo Gilles Pargneaux, quien en 2019 perdió su escaño en Europa.

Esta estructura pretendía contrapesar el potente Intergrupo “Paz para el pueblo saharaui”, formado por más de 100 eurodiputados y cuya presidencia acaba de ser renovada en Andreas Schieder, del SPÖ austriaco. Una figura política influyente en la familia socialdemócrata europea y en su país, donde fue Secretario de Estado de Hacienda. En sus primeras semanas al frente, sus declaraciones tensaron las relaciones UE-Marruecos, que atraviesan un momento complicado tras el choque con Alemania y la inminente sentencia del TJUE que previsiblemente volverá a declarar ilegal el acuerdo de pesca vigente entre las partes.

“El conflicto en el Sáhara Occidental ha durado más de 40 años y la población saharaui ha vivido el mismo tiempo bajo la ocupación marroquí y en condiciones humanitarias intolerables. La ONU y la UE ya no deben olvidar al pueblo del Sáhara Occidental. Como presidente del Intergrupo trabajaré para que la UE lidere los esfuerzos internacionales para resolver el conflicto”, afirmó Schieder.

A ello se suma la extensa red de Delegaciones que el Frente Polisario tiene en el viejo continente y al incesante acoso legal que la RASD lleva a cabo contra los países y empresas que explotan recursos naturales en el Sáhara Occidental. Las victorias legales han desincentivado de manera significativa la participación económica de multinacionales en el territorio.

La marroquinidad del Sáhara, un intento fallido

El reconocimiento de Trump de la “marroquinidad” del Sáhara Occidental ha sido quizá el mayor éxito diplomático alauita desde la firma de los Acuerdos de Paz. Si bien la declaración norteamericana no ha implicado un cambio en el estatus internacional del territorio, que según la ONU y la inmensa mayoría de la comunidad internacional sigue calificando como “territorio no autónomo” pendiente de descolonización, lo cierto es que sí refuerza y envalentona las aspiraciones alauitas. Dificulta desatascar la parálisis en la que se encuentra el conflicto desde que, en los 2000, Marruecos negase toda posibilidad de realizar un referéndum; pues EEUU por acción u omisión es un actor capaz de frenar o alentar los tibios esfuerzos internacionales que estaban encima de la mesa previo reconocimiento.

Esta jugada abría la puerta a que un puñado de Estados siguiese el ejemplo de EEUU, algo que ya vimos en el conflicto palestino con el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel y el traslado de las embajadas a la ciudad. Una declaración igualmente unilateral y alejada del derecho internacional, pero que consiguió arrastrar a varios países de su órbita de influencia: Honduras, Paraguay, Guatemala, Nauru o Australia, todos ellos bajo el paraguas geopolítico norteamericano y con suculentos negocios firmados con Israel.

Abierta la veda por EEUU, Marruecos y su diplomacia han empleado esta misma fórmula presionando a Estados afines para que siguieran los pasos de Trump. Pero esta vez no hubo suerte, ningún país reconoció el Sáhara como marroquí, en buena medida porque la decisión llegaba en la recta final de su mandato y porque el estatus jurídico del Sáhara Occidental es incluso más contundente que el palestino.
Los esfuerzos diplomáticos alauitas se centraron entonces en conseguir que Europa siguiese el ejemplo, presionando a varios Estados y ofreciendo importantes contrapartidas económicas a cambio. Bourita afirmó que Europa debía “salir de su zona de confort”. El rechazo unánime de Europa ha sido uno de los motivos que ha generado la ruptura de relaciones con Alemania, quien mantiene una posición más contundente dentro de la tibieza que caracteriza la política exterior europea.

Tampoco hubo suerte en obtener apoyos para el “Plan de autonomía” que Marruecos ofrece al Sáhara, marco que Mohamed VI plantea como alternativa al referéndum aprobado por la ONU. En una conferencia convocada en enero de 2021, aprovechando la resaca del movimiento de Trump, el país consiguió que tan solo Francia acudiese.

A la vista de los últimos movimientos, la envalentonada diplomacia marroquí parece haber calculado mal su estrategia en Europa, que rechaza el acercamiento con Rabat y penaliza su política “chulesca” pero sin condenarla abiertamente. Este escenario tampoco beneficia significativamente al pueblo saharaui, que sigue viendo en la UE un actor pasivo que se niega a asumir su potencial papel para desatascar el conflicto.

Néstor Prieto

Politologo y analista internacional - Especializado en el conflicto saharaui

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