Frente Polisario: El alma de una nación en lucha

A la memoria de sus mártires, presos y desaparecidos.
En homenaje a sus mujeres. A sus fieles militantes.
Y en eterno reconocimiento a sus líderes:
Luali Mustafa, Mohamed Abdelaziz y Brahim Gali. 

Evocar el saldo de 48 años de vida del Frente Polisario (10 de mayo de 1973),  no es tarea fácil. Porque aun siendo pocos en la vida de un pueblo, no es  menos cierto que al ser precisamente de un movimiento de liberación, el salto  cualitativo y de inflexión, que ha representado el POLISARIO en la historia del  pueblo saharaui, no tiene precedentes. 

En especial, si partimos de las complejas circunstancias consecuentes de un  siglo de sometimiento colonial, blando, pero sometimiento al fin y al cabo, que  marcaron su creación; agravadas por el miope prisma de la guerra fría, que  apenas hacía esfuerzos a la hora de clasificar al mundo, entre aliados y  enemigos. Como nunca fuimos ni lo suficientemente “occidentales” para los  paladares de los unos, ni lo exóticamente “orientales” a los ojos de los otros, no  podían predecir –voluntad de los saharauis aparte- que lo que emergía, como  abrumadora fuerza política sencillamente nacionalista, iba a ostentar por cerca  de cinco décadas, la adhesión casi unánime del pueblo saharaui. 

Como buena parte de mi generación, nacida al albor del Frente Polisario,  habíamos sido expulsados de nuestras casas, antes de que nuestro pueblo se  diera cuenta de la magnitud de la traición en ciernes. España, acababa de  entregar en Zarzuela nuestras cabezas como ofrenda a dos regímenes 

expansionistas, a cambio del reconocimiento internacional al suyo. Se iniciaba, la epigrafía de lo que esperaban, fuera nuestro epitafio. 

El éxodo, las cárceles secretas; los bombardeos indiscriminados de civiles; los  vuelos de la muerte y las fosas comunes, emergieron como supurantes  cicatrices, que surcaban el cuerpo de un pueblo noble, pero traumatizado, que  entonces como ahora, se resistía a asimilar que semejante barbarie en su  contra estaba en marcha, ni menos, que fuera bendecida por Madrid. Durante  casi cinco décadas, aguardamos en vano un sincero mea culpa; un por qué, de  la España democrática. 

Esa, es mi historia. La del Frente Polisario, ligada a la de mi pueblo, quien  debió recoger y sanar sus mutilados supervivientes, desde la única y estrecha  frontera, de la cual no nos habían marcado como diana. Y nos volvimos a  levantar. 

Luego, habría que ser un necio, para preguntarse aún hoy a los saharauis,  sobre cuáles son “esas inconfesables” motivaciones de alianza con Argelia, 

que no fueran las que emanan de un elemental deber de justicia, al salvarnos  de un exterminio. Mientras otros, sencillamente habían optado por lo que les  pareció, la mejor y más práctica solución: barrernos de la faz de la tierra. 

Cuando dentro de dos años, habremos cumplido medio siglo, y como fuera que  la libertad no podría ser, sino nuestra, son tantas las cosas, de las que como  saharauis estaremos eternamente orgullosos y a la vez, agradecidos a la titánica y noble obra del Frente Polisario.  

La fundamental, reside quizá en haber mantenido viva la permanente ilusión de  todo un pueblo en su Estado propio: la RASD. Un país abierto, tolerante; progresivamente más igualitario; capaz de colmar el ansiado anhelo de emancipación. Una nación, de hombres y mujeres libres; conscientes del  enorme coste que han tenido que pagar, para conservar el privilegio de seguir  existiendo. Con un aporte por lo demás, sustancial y novedoso, a los procesos  históricos de emancipación africanistas y latina americanos, en los cuales ancla  su profundidad cultural y estratégica. 

Es por todo ello, que la inmensa mayoría de saharauis y su movimiento  internacional de solidaridad, identifican en el Frente Polisario al único  instrumento político posible, para el logro de la definitiva y genuina justicia. Y  seguiría ostentando dicha exclusividad, mientras marruecos continúa  empeñado en su rechazo anti democrático de encadenar las urnas, por evitar la  consulta política de nuestro pueblo sobre su futuro. 

El Frente Polisario es además, el único proyecto político de emancipación, creado por los propios saharauis, que sustentado en el tiempo, no han sido  pocos, aquellos quienes en defensa de sus siglas, ofrendaron sus vidas. Muchísimos, recordémoslo hoy aquí, en circunstancias terroríficas. 

Es ésa doble cualidad y no otra, de ser a la vez Organización genuina, popular; depositaria de continuidad y memoria; portadora de un colosal acervo de  sacrificio, lo que quizá explica, muy a pesar de nuestros adversarios, el hecho  de que el Frente Polisario, por encima de cualquier consideración continúa  siendo, cuarenta y ocho años después, el alma de una nación. 

Pretender militar por la libertad, la autodeterminación, la justicia y hasta por la  democracia en el Sahara Occidental y no ejercerlo, por o en simpatía de lo que  representa el Polisario, en un horizonte de negación absoluta a los más  elementales derechos del pueblo saharaui, es sencillamente un burdo intento  de falsificación de la historia, cuando no, de arriesgado ejercicio de cinismo por  perpetuar el futuro padecimiento del pueblo saharaui. 

En el desafío de Gdaim Izik y el grito de rebeldía del Gargarat, de noviembre de  2010 y noviembre de 2020 respectivamente, convergen suficientes lecciones  que infieren a concluir, que la renovación del compromiso saharaui con su 

movimiento de liberación, lejos de ser un patrón cíclico, es una determinación  permanente y en creciente auge. 

Evidentemente, son también muchos los desaciertos; algunos lamentables y  tantos otros, los desafíos por encarar, que requerirán de valentía, generosidad  y determinación. Ninguno, que la Organización no haya asumido no obstante,  como lección o contribución, a su propia capacidad de compaginar la obligada  regeneración, que sirva al espíritu de sacrificio, responda a la cohesión,  democratización y sistematización de ideas; tan necesarias para seguir siendo,  un movimiento popular, integrador e incluyente; cuyo objetivo reside  únicamente en liderar la lucha de una nación, hacia la independencia; dentro  de un contexto internacional huelga decirlo, complejo, fluctuante e interdependiente; donde no ha lugar a la debilidad, la blandenguería ni menos, a la perfidia.  

En consecuencia, y esta es la segunda conclusión, no habrá solución  justamente imaginable, ni posiblemente justa en el horizonte a la ineludible  descolonización del Sahara Occidental, sin el Polisario.  

Pretender insistir en aventurismos y aproximaciones contrarias, como los  airados en las últimas tres décadas, solo conducen a la situación  sobradamente conocida por todos. Frustrados todos los alientos e intentos de  una paz con justicia, las actuales generaciones del Frente Polisario están  convencidas de una indefectible y a la vez, desconsolante deducción: La  resistencia armada, continúa siendo el único lenguaje disuasivo probado, al  que Rabat suele prestar sus enteros sentidos. 

Partimos de un fiasco de 30 años de amañado proceso político, que lejos de  encauzar la natural descolonización del Sahara occidental, había conducido, al  sostenimiento de un hecho colonial, consumado, que derivó en una sangrante  situación de impunidad. Tentar con profusa desidia, tantas veces la dignidad de  los saharauis, echó el resto. 

Lo anterior, es preciso evocarlo para contextualizar el momento sumamente  complejo y a la vez impostergable de lucha, en el que se encuentra inmerso el  proyecto de liberación saharaui, a favor del cual, ha conquistado por lo pronto y  para siempre, la batalla por el reconocimiento internacional a la inalienabilidad  de su autodeterminación. 

He aquí, donde también estriba otro riesgo no calculado del recalcítrate  Mohamed VI, del que debieron advertir no pocos de sus más forofos amigos,  en especial, por las graves consecuencias de inestabilidad para la región. De  cómo en medio de una crisis política y económica galopante, un monarca exánime y seriamente contestado, tras perder la bonanzas de una largo remanso de paz, decide tirar por la borda su menguado capital político y  esperar salir inmune. 

Las opciones ciertamente para su joven sociedad y frágil trono, ante una guerra  de desgaste que se presenta como mínimo encarnizada y de imprevisible  desenlace, son más bien escasas para no decir, nada halagüeñas. Porque  encarar el océano intentando esquivar la arrolladora miseria que pisa los  talones a los millones de jóvenes marroquíes es una cosa. Pero morir por un  rey en jaque; en una guerra que no es la suya y de la que no saldrán, ni menos  pobres, ni más libres, es una cruz bien distinta. 

No en balde, su padre que había sido igualmente sádico, pero muchísimo  menos obtuso, supo pactar a tiempo, cuando ya longevo, a punto estuvo de  poner en riesgo la continuidad del trono, por culpa de una guerra inútil, costosa  e internacionalmente repulsiva. Nada presagia en cambio, que el vástago  menor de edad, pudiera correr mejor suerte. 

La historia más reciente ilustra el sin fin de ejemplos, del ocaso y posterior  caída en desgracia, de cuantos regímenes han pretendido erigir su imperio de  miedo, sobre la dignidad de los pueblos y de cómo finalmente han sucumbido, ante la implacable indignación de sus víctimas. 

De ello son plenamente conscientes en Paris y en Washington. También en  Madrid. Porque llegado el momento, de por quién doblan las campanas, quizá no haya Soberano a quien salvar. 

Solo estarán los pueblos. Los únicos soberanos y aunque tantas veces  ahogadas sus voces, son los últimos depositarios de su propia voluntad;  dueños y artífices de su destino. 

Como la historia no suele dar excepciones a su regla, la del pueblo saharaui tampoco. Liderado por su único y legítimo representante, continúa persiguiendo su derecho a la ineludible libertad, al cumplirse cuarenta y ocho años de  experiencia, sabiduría, sacrificio y mayor determinación del Frente Polisario.

Mohamed Zrug

Delegado Saharaui en Andalucia

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